Sal y picante
Por Oscar Collazos
Soy pesimista en este sentido: los medios de comunicación de masas, sobre todo radio y televisión, no van a abandonar ni a corregir el modelo de “periodismo” que amanceba a la información con el espectáculo y el entretenimiento. De ese modelo depende el mayor o menor grado de sus audiencias y las utilidades económicas de sus espacios.
Puesto que encuentro nefasta para la democracia la intervención directa o indirecta del Estado en los contenidos de los medios, lo deseable sería que los propietarios y directivas periodísticas de esos medios llegaran a un acuerdo con los organismos del Estado encargados de regular el funcionamiento de las empresas de comunicación y entretenimiento del espectro audiovisual y asumieran lo que se ha llamado “responsabilidad social de los medios.” Y que no se excluyera de ese pacto a los ciudadanos.
Las asociaciones de usuarios de televisión y radio son escasas o no existen. Los “defensores” de oyentes y televidentes son empleados de esas empresas. No morderían la mano de quien les da de comer. Hace años existía crítica de televisión en los periódicos, pero esas críticas desaparecieron o sólo las lee el lector de periódicos de un perfil cultural medio o alto. Es decir, aquella “inmensa minoría” para la cual nunca se programa la televisión.
Una de las respuestas más engañosas que dan propietarios y programadores de medios de comunicación masas cuando se les reprocha que estén dando tanto circo barato a quienes no tienen pan, es que ellos programan lo que la gente quiere. Pero, ¿qué es la gente? ¿Cuáles son las expectativas que las mayorías tienen sobre la información que se les debe dar y la calidad del espectáculo que debe entretenerlos?
La televisión tiene un enorme poder en sus audiencias, sobre todo si es una televisión en la que las ofertas de entretenimiento son en gran parte telenovelas, realities y espacios de farándula en los que se repite el mito de la Cenicienta a la caza del Príncipe amoroso.
Los pobres se divierten conociendo intimidades de los ricos, pero los ricos se aburren cuando se les habla de los pobres, sobre todo si son desgraciados. Es curioso que los pobres sean tan aficionados a conocer la vida de “los ricos y famosos.” No sé si eso sea un consuelo. Creo que ese es el pan que le amasan y venden los ricos que programan y comercia el entretenimiento.
En la información masiva que ofrecen los grandes medios, algunas situaciones humanas son preferidas a otras. Yo diría que la felicidad no es noticia ni materia de espectáculo. Tampoco la bondad. Por eso las grandes audiencias las producen las catástrofes, los escándalos de cualquier clase, las desgracias humanas y los crímenes con ingredientes novelescos.
Televisión y radio pueden llevar a la gente a asumir conductas que sin esa influencia nunca asumiría. Puede crear corrientes de solidaridad y de justicia social, llamar la atención sobre hechos ocultos que merecen ser conocidos por un número muy grande de ciudadanos, inducir al espectador y al oyente a esos sentimientos y manifestaciones necesarios en la vida de una sociedad. Pero pueden también influir en comportamientos nefastos e irracionales. Hacer del dolor un circo.
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