Pecados capitales del periodismo colombiano
Por mariomorales
Amerita que siguiendo el ejemplo de notarios, fiscales y jueces, que deben asistir periódicamente a pruebas de supervivencia laboral, los periodistas debamos presentar, cuando menos, un examen de conciencia.
Y no sólo porque sepamos que ante tanta tentación rondando, la carne sea flaca (además de escasa y estar por las nubes, como dicen las mamás) o porque estemos en tiempos de vigilia (que no es, aunque parezca un fundamento de la seguridad democrática) sino porque en medio de esta crisis político-militar es menester que hagamos, por lo menos un acto de penitencia por los tantos pecados de palabra, imagen, obra y omisión.
Mirado con detalle, hemos sobrepasado de lejos los presupuestos más optimistas, como los del colega colombo español Miguel Angel Basternier, que creyó que nuestros errores, fallas y carencias se podían resumir en cinco pecados capitales; o en siete, como lo propuso generosamente el Papa Gregorio el Grande hace quince siglos (claro, ya presentía la aparición de los telenoticieros) o en nueve, como lo sugirió la prensa norteamericana en el reconocimiento de sus errores luego del 11 de septiembre de 2001, o en 14 como lo acaba de proponer en versión ampliada, el Papa Benedicto XVI.
Por eso en medio de la profusión de marchas y de manifiestos, de constitución de comisiones y grupos de debate, adherimos humildemente a los actos de contrición por el cubrimiento que ya pasó y por la semana que llega.
Sí, por eso acúsanos, padre, porque hemos sido sensacionalistas a más no poder. Hemos abusado hasta el delirio de las imágenes trágicas, del dolor y de los cadáveres, o de sus fragmentos, de todas las calañas para tratar de remediar, infructuosamente, la falta de credibilidad en nuestro trabajo por parte de las audiencias. La imagen de Raúl Reyes, por ejemplo, ya casi iguala en número de repeticiones innecesarias (impactos, les dicen en las agencias de publicidad) a la de Pablo Escobar, a las de las Torres Gemelas, a las del gol de Freddy Rincón, a la de la llegada del hombre a la luna, a las del empate 4 a 4 contra la ExUniòn Soviética y mucho antes, a las de la llegada a la pubertad de Amparito Grisales. Se nos fue la mano, para no hablar del caso de Iván Ríos
Acúsanos padre, de que hemos sido más perezosos que algunos embajadores. Por estos días, en los que todos miran sus fronteras, nosotros nos hemos limitado a reproducir comunicados de prensa, a acondicionar micrófonos y a reproducir declaraciones, (ya el general Naranjo y el jefe de Prensa de Palacio despiertan más pasiones televisivas que Laura Acuña o Jotamario), sin que medie un valor agregado de calidad en los contenidos por nuestra condición de periodistas pensantes (y no es un pleonasmo). Quizás sea por eso que algunos gerentes de medios están pensando en “ascender” a sus camarógrafos, digitadores y mensajeros, incrementando de paso los índices de trabajo informal.
Acúsanos, padre, de que nos hemos dejado llevar por un inexplicable afán patrioterista, como si no supiéramos, como dicen las mamás en misa, que nuestro reino no es de este mundo, y de que nos hemos apropiado indebidamente de consignas que atentan contra la civilización occidental cristiana, como esa de patria o muerte (sobre todo si esta última es la de los demás).
Acúsanos, padre, porque en cumplimiento (es un decir) de nuestro trabajo hemos sido beligerantes, incendiarios, irónicos y fúricos (como diría el exconcejal lustrabotas, Luis Eduardo Díaz), exaltados y efervescentes, volátiles y ofuscados, enardecidos y belicosos, conflictivos y apasionados, impetuosos, impulsivos, fanáticos, febriles y alarmistas.
Acúsanos padre, de que hemos hecho del adjetivo y de la opinión fácil el pan nuestro de cada día (para la muestra, el párrafo anterior), de que hemos caído en la tentación de los lugares de siempre, de los lugares comunes, de los clichés, de las perogrulladas donde las adhesiones y los consensos se construyen con encuestas y con emociones.
Acúsanos también, por ser altivos y sobradores con las audiencias y dóciles y conformistas con las fuentes, pero sobre todo con quienes se esconden detrás de las fuentes.
Acúsanos padre, por estar confundidos y creer que estamos en un estadio y que somos hooligans o barras bravas y que con Ecuador, Venezuela, Argentina, Bolivia y hasta Nicaragua estamos en plena “eliminatoria” mundialista.
Acúsanos padre, de ser olvidadizos y desmemoriados, ¿Alguien recuerda cuando fue que se nos olvidó preguntar?... (No es una pregunta, aclaro, sino un comentario suelto).
Acúsanos padre, de ser ingenuos porque no sabemos y de no saber porque somos ingenuos.
Acúsanos por haber traicionado a nuestro patrono Santo Tomás, y por creer en todo los que nos dicen y por decir todo lo que nos señalan que debemos creer, olvidando como dicen las mamás, que el diablo es puerco y anda suelto.
Acúsanos padre que hemos sido minimalistas, elementales, primitivos e irracionales. Sí padre, acúsanos por dejarnos ver como somos.
Y finalmente, acúsanos padre, porque, soberbios como somos, diremos que no necesitamos penitencia porque creemos que no clasificamos en ninguna de las anteriores.
Hasta el próximo cubrimiento y, como dicen las mamás, que Dios no coja confesados. Amén
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